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De la policrisis a la resiliencia: ¿por qué África y Asia han seguido caminos tan diferentes frente al hambre?

  • hace 1 día
  • 10 min de lectura

La seguridad alimentaria no depende únicamente de producir alimentos


En su artículo Beyond Scarcity: Global Polycrisis and Food Security, Sheryl L. Hendriks plantea un cambio esencial en la forma de entender la seguridad alimentaria mundial.


Durante décadas, la pregunta fundamental fue cómo producir alimentos suficientes para una población creciente. Más adelante comprendimos que disponer de alimentos no significaba necesariamente tener acceso a ellos. Hoy debemos añadir una tercera dimensión: ¿cómo conseguimos mantener el acceso a una alimentación suficiente y saludable cuando diferentes crisis se producen simultáneamente y se refuerzan entre sí?


Cambio climático, conflictos, energía, fertilizantes, comercio, inflación, endeudamiento, pandemias o inestabilidad financiera ya no pueden analizarse como fenómenos independientes. Forman parte de sistemas económicos y alimentarios profundamente interconectados.

Es lo que denominamos policrisis.


Pero esta reflexión abre una segunda pregunta.

Si todos los países están expuestos, en mayor o menor medida, a estas crisis, ¿por qué sus consecuencias sobre la seguridad alimentaria son tan diferentes?

La evolución de África y Asia durante las últimas décadas ofrece un caso especialmente interesante para intentar responderla.


Dos continentes y dos trayectorias muy diferentes


Los datos de la FAO muestran una evolución sorprendente.

En 2005 se estimaba que alrededor de 552 millones de personas padecían subalimentación en Asia, frente a unos 178 millones en África.


En 2024 la situación se había transformado completamente: Asia había reducido esa cifra hasta aproximadamente 323 millones, mientras que África la había elevado hasta 307 millones. (FAOHome)


Niña comiendo sandía
Niña comiendo sandía

Esto significa que en apenas dos décadas Asia consiguió sacar a cientos de millones de personas del hambre mientras la cifra absoluta aumentaba de forma muy significativa en África.

La divergencia continúa actualmente.


La FAO estima que en 2024 alrededor del 8,2 % de la población mundial padecía hambre, pero las diferencias regionales son extraordinarias.


En África subsahariana la prevalencia de subalimentación supera el 22 %, mientras que la situación ha seguido mejorando en buena parte de Asia. (FAOHome)


En Asia-Pacífico, por ejemplo, la prevalencia de subalimentación descendió del 7,0 % en 2023 al 6,4 % en 2024, lo que equivaldría aproximadamente a 25 millones de personas menos padeciendo hambre en un solo año. (FAOHome)


África muestra la tendencia contraria.


En África subsahariana, más de dos tercios de la población experimentaban inseguridad alimentaria moderada o grave en 2024, frente a menos de la mitad en 2015. (FAOHome)


La pregunta inevitable es: ¿por qué?


La explicación no puede ser únicamente el cambio climático


Una primera respuesta podría ser la mayor vulnerabilidad africana al cambio climático.

Es indudablemente un factor fundamental.

Sequías, inundaciones, degradación del suelo y temperaturas extremas afectan directamente a la producción agrícola. Y en economías donde una parte importante de la población depende de la agricultura, los efectos económicos y sociales pueden ser enormes.


Pero Asia tampoco ha estado libre de estas perturbaciones.

Durante las dos últimas décadas ha sufrido terremotos, tsunamis, tifones, inundaciones, sequías, olas de calor, pandemias, crisis energéticas y grandes disrupciones económicas.


También existen conflictos severos en países asiáticos.

Por tanto, la exposición al shock no parece explicar por sí sola las diferencias.


La pregunta correcta quizá sea otra:


¿Qué capacidad tiene cada sociedad para absorber ese shock?


Podríamos representarlo conceptualmente así:


Impacto de una crisis = intensidad del shock × vulnerabilidad ÷ capacidad de respuesta


No se trata de una ecuación económica formal, sino de una manera sencilla de comprender la resiliencia.


Una sequía puede afectar simultáneamente a dos países.

En uno existen sistemas de irrigación, carreteras, electricidad, almacenamiento, seguros agrícolas, acceso al crédito, sistemas de alerta temprana, protección social y capacidad fiscal.


En otro predomina la agricultura de secano, las carreteras son deficientes, existen elevadas pérdidas poscosecha, el Estado dispone de poco margen fiscal y los hogares tienen escasos ahorros.


El fenómeno meteorológico puede ser parecido. Sus consecuencias alimentarias no lo serán.


Aquí aparece posiblemente una de las claves para entender la divergencia entre África y Asia.


La policrisis actúa sobre vulnerabilidades que ya existían


Una crisis internacional puede comenzar con algo aparentemente lejano al plato de una familia.


Por ejemplo:


guerra → aumento de los precios energéticos → aumento del coste de los fertilizantes → aumento de costes agrícolas → incremento del precio de los alimentos → pérdida de poder adquisitivo → deterioro de la dieta.


Pero la intensidad de esa transmisión depende de muchas otras variables.

Por eso la seguridad alimentaria no puede analizarse únicamente desde la agricultura.

Depende también de:


  • renta y pobreza;

  • educación;

  • infraestructuras;

  • acceso a energía;

  • productividad;

  • instituciones;

  • corrupción;

  • capacidad fiscal;

  • protección social;

  • estabilidad política;

  • comercio;

  • tecnología;

  • demografía;

  • almacenamiento y logística.


Todos estos factores forman parte del sistema alimentario aunque tradicionalmente no los consideremos políticas alimentarias.


El primer gran amortiguador: reducir la pobreza


Probablemente uno de los factores que más diferencia la trayectoria reciente de Asia es la extraordinaria reducción de la pobreza experimentada durante las últimas décadas.


El Banco Mundial estima que alrededor de 1.500 millones de personas abandonaron la pobreza extrema entre 1990 y 2022, y atribuye una parte fundamental de este cambio a Asia Oriental y, especialmente, a China. (Banco Mundial)


El contraste con África subsahariana es enorme.


Con la actualización de las líneas internacionales de pobreza realizada por el Banco Mundial en 2025, aproximadamente el 45,5 % de la población de África subsahariana se encontraba en pobreza extrema en 2022, frente a alrededor del 1 % en Asia Oriental y Pacífico y el 7,3 % en Asia Meridional. (World Bank Blogs)


Una gallina en África es un tesoro
Una gallina en África es un tesoro

La relación con la seguridad alimentaria es directa.


Un hogar con mayor renta puede absorber mejor una subida del precio del arroz, trigo, electricidad o combustible.


Una familia extremadamente pobre no dispone de ese margen.


Cuando aumenta el precio de los alimentos, sus opciones pueden reducirse a:


comer menos,

comprar alimentos de peor calidad,

vender activos,

endeudarse,

o retirar a los niños de la escuela para generar ingresos.


Una crisis coyuntural puede entonces convertirse en pobreza estructural.


El segundo amortiguador: las infraestructuras


Para comprender un sistema alimentario no basta con mirar cuánto alimento produce.

Hay que analizar todo su recorrido:


producción → almacenamiento → transformación → transporte → distribución → consumo.


Y aquí encontramos otra diferencia significativa.

En 2023 aproximadamente el 98,4 % de la población de Asia Oriental y Pacífico tenía acceso a electricidad, y Asia Meridional alcanzaba aproximadamente el 99,4 %.


En África subsahariana el porcentaje era alrededor del 53 %. (World Bank Open Data)

En las zonas rurales la brecha es todavía mayor: el Banco Mundial señala que sólo alrededor de uno de cada tres habitantes rurales de África subsahariana tenía acceso a electricidad en 2023. (World Bank Open Data)



¿Por qué debería preocuparnos esto cuando hablamos de alimentación?


Porque electricidad significa también:


refrigeración,

procesamiento,

riego,

almacenamiento,

cadena de frío,

digitalización,

información,

transformación agroalimentaria.


Una debilidad aparentemente energética termina convirtiéndose en una debilidad alimentaria.


Pérdidas de alimentos: una consecuencia visible de esas debilidades


Existe un indicador que permite observar muy bien este fenómeno: las pérdidas alimentarias.


La FAO estima que aproximadamente el 13,3 % de los alimentos producidos mundialmente se pierde antes de llegar al comercio minorista.


Pero las diferencias regionales son considerables.


En África subsahariana las pérdidas alcanzaron aproximadamente el 23 % en 2023.

En Asia Oriental y Sudoriental se situaron alrededor del 13,9 %. (FAOHome)

La propia FAO relaciona los elevados niveles registrados en África subsahariana con limitaciones sistémicas en las infraestructuras poscosecha y las cadenas de suministro. (FAOHome)


Esto introduce un matiz importante.

Reducir las pérdidas alimentarias no solucionará por sí solo el hambre.

Pero tampoco es únicamente una política ambiental.


Un alimento que se pierde incorpora tierra, agua, energía, fertilizantes, trabajo, capital y transporte que han sido utilizados sin cumplir finalmente su función alimentaria.

En sistemas sometidos a estrés, reducir pérdidas significa aumentar su eficiencia y su resiliencia.


Educación: quizá uno de los factores menos visibles


Existe otra variable cuya relación con el hambre suele ser menos evidente: la educación.


La educación influye en la productividad, el empleo, los ingresos y la capacidad de adoptar nuevas tecnologías.

Pero sus efectos van mucho más allá.

Una mayor educación, especialmente de mujeres y niñas, se relaciona con mejores resultados nutricionales, mayor autonomía económica, mejores decisiones sanitarias y cambios demográficos.


También facilita que agricultores y empresas incorporen:


nuevas tecnologías,

sistemas de información climática,

mejores prácticas productivas,

gestión empresarial,

digitalización,

nuevos canales comerciales.


Por tanto:


educación → productividad → renta → capacidad de adaptación → resiliencia alimentaria.


Niñas en una escuela en África
Niñas en una escuela en África

Y existe también el círculo contrario:


malnutrición infantil → peores resultados educativos → menor productividad futura → pobreza → mayor vulnerabilidad alimentaria.


La inseguridad alimentaria no es solamente una consecuencia del menor desarrollo.

Puede convertirse en una de sus causas.


Instituciones, corrupción y capacidad del Estado


Llegamos entonces a uno de los asuntos más complejos.


¿Explican los sistemas políticos las diferencias?

Probablemente no de forma sencilla.


La evidencia internacional no permite afirmar que democracia equivalga automáticamente a seguridad alimentaria ni que los regímenes autoritarios estén necesariamente condenados al fracaso.


La variable quizá más interesante sea otra: la capacidad institucional.


El Banco Mundial analiza la gobernanza mediante dimensiones como efectividad gubernamental, estabilidad política, calidad regulatoria, Estado de derecho, rendición de cuentas y control de la corrupción. (Catálogo de Datos del Banco Mundial)


La cuestión fundamental es sencilla:


¿puede un Estado transformar una estrategia en resultados?


Porque entre aprobar una política agrícola y mejorar la alimentación existe una larga cadena:


estrategia → presupuesto → ejecución → infraestructuras → productores → mercados → consumidores → resultados.


Si alguno de esos eslabones falla, una buena estrategia puede quedarse sobre el papel.

Y la corrupción funciona como un multiplicador de esa fragilidad.


No sólo porque puedan desviarse recursos, sino porque deteriora la calidad de la administración, reduce la confianza, dificulta la inversión privada y puede disminuir la eficacia de cada euro o dólar de gasto público.


El Índice de Percepción de la Corrupción de Transparency International continúa situando a África subsahariana como la región con peor puntuación agregada, aunque existen enormes diferencias entre países y algunos han registrado mejoras importantes. (Transparency.org)


Por tanto, tampoco deberíamos hablar de “África” como si fuese una única realidad.


Botsuana no es Sudán. Ruanda no es República Democrática del Congo. Mauricio no es Somalia.


Del mismo modo que Japón, India, Afganistán y Vietnam tampoco representan una única experiencia asiática.


Las comparaciones continentales sirven para identificar patrones, pero las explicaciones reales deben encontrarse en los países.


África sí tuvo una estrategia alimentaria


Esto nos obliga también a corregir otra idea frecuente.


El problema africano no ha sido simplemente la ausencia de objetivos.


Durante más de dos décadas, la Unión Africana ha impulsado el Comprehensive Africa Agriculture Development Programme (CAADP).


Posteriormente, la Declaración de Malabo estableció compromisos ambiciosos para transformar la agricultura africana y acabar con el hambre.

Pero en 2025 la propia Unión Africana reconocía un dato especialmente revelador:

ningún país estaba en trayectoria para cumplir los objetivos y metas de Malabo. (AU Static)


Por tanto, el problema no parece ser únicamente: tener o no tener estrategia.


El verdadero reto es:


disponer de las capacidades necesarias para ejecutarla.


La nueva Declaración de Kampala y la estrategia CAADP 2026–2035 parecen asumir precisamente esta realidad y hablan ya explícitamente de construir sistemas agroalimentarios resilientes y sostenibles. (African Union)


Es un cambio conceptual importante.

Ya no basta con aumentar la producción agrícola.


Hay que transformar el sistema.


El conflicto: el gran acelerador de la policrisis


Hay finalmente una variable que puede anular muchos de los avances anteriores: el conflicto.


Un conflicto armado no solamente reduce directamente la producción de alimentos.


Puede destruir carreteras, sistemas de riego, almacenes y mercados.

Desplaza agricultores.

Interrumpe el comercio.

Reduce la inversión.

Incrementa precios.

Deteriora la capacidad fiscal.

Interrumpe la educación.

Debilita instituciones.

Y dificulta la ayuda humanitaria.


Por eso el conflicto puede convertirse en el mecanismo perfecto para transformar varias vulnerabilidades en una verdadera policrisis alimentaria.


Los análisis internacionales sobre crisis alimentarias continúan identificándolo como uno de los principales motores de la inseguridad alimentaria aguda. (Welthungerhilfe)


La relación, además, puede retroalimentarse:


conflicto → hambre → pobreza → desplazamiento → inestabilidad → nuevo conflicto.


Romper este círculo requiere mucho más que política agrícola.


Entonces, ¿qué hizo diferente Asia?


Sería incorrecto afirmar que existe un único “modelo asiático”.


Las trayectorias de China, Corea del Sur, Vietnam, Bangladesh, India o Indonesia son profundamente diferentes.


Pero sí encontramos algunos patrones comunes en muchos países que consiguieron mejorar significativamente su seguridad alimentaria durante las últimas décadas.


El progreso agrícola estuvo acompañado, con ritmos diferentes, de inversiones en:


infraestructuras + electricidad + educación + industrialización + tecnología + comercio + reducción de pobreza + capacidad institucional + protección social.


La alimentación mejoró como parte de una transformación económica y social más amplia.


Ahí puede encontrarse una de las principales diferencias con numerosos países africanos.


África también ha aumentado su producción agrícola. De hecho, la Unión Africana destaca que entre 2000 y 2021 el sector agrícola africano experimentó un fuerte crecimiento. (AU Static)


Pero producir más no ha sido suficiente.

El crecimiento demográfico, la pobreza, los conflictos, las deficiencias logísticas, la limitada transformación agroindustrial y las dificultades institucionales han reducido el impacto de ese crecimiento sobre la seguridad alimentaria.


De la seguridad alimentaria a la resiliencia alimentaria


Quizá la principal conclusión que podemos extraer del análisis de Hendriks y de la comparación entre África y Asia sea que necesitamos ampliar nuevamente nuestra forma de entender la alimentación.


Primero nos preocupó la disponibilidad.

Después entendimos la importancia del acceso.

Ahora debemos incorporar la resiliencia.


Podemos imaginar cuatro capas.


1. Shocks

Cambio climático · conflictos · pandemias · energía · fertilizantes · comercio · finanzas.

2. Vulnerabilidad

Pobreza · desigualdad · dependencia exterior · baja productividad · crecimiento demográfico.

3. Capacidad estructural

Educación · instituciones · infraestructuras · electricidad · tecnología · mercados · capacidad fiscal.

4. Amortiguadores

Protección social · reservas · seguros · ahorro · diversificación · información · sistemas de alerta temprana.

Seguridad alimentaria y nutricional


Esta perspectiva cambia profundamente la política alimentaria.

El objetivo deja de ser solamente producir suficientes alimentos.


El objetivo pasa a ser construir sistemas capaces de seguir alimentando a la población cuando algo falla.


Y aquí aparece también el desperdicio alimentario


Desde Plato Limpio y con nuestra pltaforma reducefoodwaste.io trabajamos precisamente sobre una de las ineficiencias más visibles del sistema: los alimentos que producimos y finalmente no consumimos.


Es importante evitar una simplificación.


El desperdicio alimentario no es la causa principal del hambre y reducirlo no solucionará por sí solo la inseguridad alimentaria.


El hambre responde a problemas mucho más complejos de pobreza, acceso, conflictos, gobernanza, mercados y capacidad institucional.


Pero reducir pérdidas y desperdicio sí tiene una conexión directa con la resiliencia.


Cuando aprovechamos mejor los alimentos:


utilizamos mejor los recursos naturales,

reducimos costes,

disminuimos necesidades innecesarias de producción,

mejoramos la eficiencia de las organizaciones,

reducimos impactos ambientales,

y aumentamos la cantidad de alimento que cumple finalmente la función para la que fue producido: alimentar personas.


Quizá debamos empezar a entender la prevención del desperdicio desde esta nueva perspectiva.


No solamente como una política ambiental.

Ni únicamente como una medida económica.

Sino también como una herramienta de resiliencia del sistema alimentario.


La pregunta del futuro


La comparación entre África y Asia nos deja finalmente una reflexión.


Dos países pueden enfrentarse a la misma sequía.

Dos ciudades pueden experimentar el mismo aumento del precio de los alimentos.

Dos sistemas agrícolas pueden sufrir el mismo shock energético.

Pero sus consecuencias pueden ser radicalmente diferentes.


Porque entre el shock y el hambre existe todo un sistema.


Educación.

Renta.

Infraestructuras.

Agricultura.

Instituciones.

Tecnología.

Protección social.

Mercados.

Y también la eficiencia con la que aprovechamos los alimentos que producimos.


Por eso quizá la gran pregunta de las próximas décadas ya no sea:


¿somos capaces de producir alimentos suficientes?


Sino:


¿somos capaces de construir sistemas alimentarios que continúen funcionando cuando el mundo deja de funcionar como esperábamos?


En un contexto de policrisis, esa capacidad puede convertirse en una de las principales medidas de desarrollo de una sociedad.


Y probablemente también en una de las principales condiciones para conseguir algún día un sistema alimentario verdaderamente sostenible.


 
 
 

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